jueves, 14 de enero de 2010

La gran promesa.


Ayer de regreso a mi hogar pase por esas calles que solíamos caminar juntos, aún no logro comprender si fui yo ó mi inconciente que me llevo hasta ese lugar. Lo cierto es que mirando esas casas antiguas, que en aquel momento eran modernas, la melancolía atravesó mi mente. Comencé a recordar tus miradas llenas de alegría, esas sonrisas que expandían dulzura hasta desbordar. El calor de tus suaves manos que envolvían las mías, aquel primer beso que nos supimos dar mientras el sol se ahogaba en un cielo rojizo. Mágicos momentos me has obsequiado, pasaron muchos años y es hasta el día de hoy que recuerdo casi a la perfección cada situación que hemos pasado, se me eriza la piel y una lagrima brota de mis ojos cada vez que cierro los mismos y recuerdo todas esas imágenes de esos jóvenes enamorados caminando solos como si en el mundo no existiera más vida que la de aquellos dos.
Mis manos envolvían tu cuerpo como el mismísimo viento que encierra las hojas de los árboles en otoño. Fuertemente sujetaba tus manos casi como implorándote “no te alejes, que así soy feliz”. Jamás te prometí imposibles, no pretendía llenarte de falsas ilusiones, siempre me esforzaba para darte lo mejor, quería ser el único en tu vida.
Podríamos decir que rompimos el mito de que no solo del amor se vive, ambos nos amamos es por eso que hoy juntos estamos. Siempre te he dicho “quiero amarte y cuidarte”, gracias por permitírmelo, me has hecho el hombre más feliz sobre la faz de esta tierra. Gracias por confiar en mi y saber que nunca te iba a fallar, gracias por todo lo que haces por mi y por sobre todas las cosas gracias por ser parte de nuestra gran promesa que teníamos desde jóvenes, llegar a ancianos juntos y amándonos hasta el fin.
Mientras preparas el café, te espero sentado a la mesa para obsequiarte esta preciosa carta que te he escrito.





Luis.A.Cafre